jueves, 17 de marzo de 2011

Hoy algo de lectura


Gustav

    Gustav, mi gran amigo Gustav, y digo amigo, debido a los muchos años que llevo tratando con él en mi despacho. Yo, Karl Bashmakov, soy psiquiatra y mi gran amigo es, también, mi más fiel paciente. He de decir que es un hombre muy especial y ahora os contaré el porqué.
   Físicamente no llama mucho la atención. Es un hombre adulto rozando la vejez, de estatura media y con una constitución muy delgada y esbelta. Su pelo blanco se asemeja a las pelucas que llevaba Andy Warhol en su época. Su cara es alargada, de prominentes arrugas en la zona de la frente y la boca. Sus ojos de un azul claro, son penetrantes y sufridores. Su cuerpo larguirucho y esmirriado, deja entrever alguna que otra cicatriz y los numerosos tatuajes que tiene ya desgastados por el tiempo.
  Es un hombre frío y calculador. Por otro lado es maniático y controlador hasta decir basta pero lo que le hace especial es  su desdicha, problema o esquizofrenia.
  La esquizofrenia en sí no es una desdicha especial pero la de Gustav es distinta. En todos los años que llevo trabajando como psiquiatra, jamás había visto algo así. Las revisiones comienzan siempre de la misma manera: Él se sienta, cruza las piernas y se limpia las gafas. Saca del bolsillo de la camisa un papel en blanco en el que escribe, nada más despertarse, lo que sueña. Siempre el mismo sueño. Una vez leído dicho papel en alto, se pone a llorar desconsoladamente convirtiendo su gélida expresión en la de un niño indefenso. Una vez secadas las lágrimas, le pregunto como se siente hoy, si más joven o más anciano que ayer. Le pregunto esto porque la peculiaridad de su problema radica en la vejez.
  Jules Bernard, escritor y dramaturgo francés dijo una vez que la vejez existe cuando se empieza a decir: “Nunca me he sentido tan joven”. Esta es la misma frase que cada día le repito a Gustav. ¿El porqué? Por una razón muy sencilla: mi gran colega cree, y está seguro de ello, que es 40 años más joven de lo que realidad es. Su vida a girado en torno a este problema. Desde que era pequeño siempre se relacionó con gente de edad más avanzada porque era incapaz de mantener una conversación con gente de sus edad. Su sabiduría sobre la vida era la propia de un hombre mayor mientras que según crecía esta sabiduría disminuía a pasos agigantados cometiendo los mismo errores que cometen los jóvenes de hoy en día. Respecto a los intereses sucedía igual. Ahora con casi 60 años solo piensa en jugar al balón mientras que, cuando tan solo tenía 18, disfrutaba leyendo el periódico o yendo a lugares, reuniones o espectáculos que requerían una madurez que un chico de esa edad no poseía. En el tema salud, tanto mental como física, se daba la misma situación que en las anteriores. Su línea de vida caminaba en contra dirección.
  Sin lugar a duda y lo que más me llamaba la atención y razón por la cual estaba en mi despacho día tras día, era la pesadilla. Ese sueño que atormentaba cada noche su momento de descanso. El sueño, como dije antes, era siempre el mismo. La muerte, vestida de negro y sujetando una espada en la mano derecha y una balanza en la izquierda, se le aparecía pidiéndole explicaciones de cómo había sido capaz de burlar el curso natural de la vida de tal manera. Gustav, que en el sueño estaba representado por su “yo” anciano y su “yo” joven, se figuraba vestido de blanco y con unas esposas que unían los dos Gustav. Al final del sueño la muerte le propone un trato: si cede su vida, la muerte conservará el Gustav joven para el fin de los tiempos.
  Pensareis… ¿Por qué nos cuenta esto? Mi respuesta es simple y breve: Ayer le dije a Gustav que esa noche contestara a la muerte y le dijera que aceptaba el trato que le proponía.
Gustav murió ayer. Lo sorprendente es que cuando lo encontraron hallaron el cuerpo de un hombre joven, guapo y esbelto. Preciada juventud. Desdichada vejez. Plácida muerte.

Espero que os guste. Ha sido una de mis prácticas para la universidad!

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