viernes, 18 de marzo de 2011

Crónicas de vejez




    Es un edificio amplio y antiguo, de hace al menos unas treinta décadas. La entrada acogedora hace sentir al visitante comodidad y cercanía. Se trata de la residencia de la tercera edad de la Misericordia (Pamplona). Con alojamiento para al menos una centena de ancianos, se constituye como un nuevo hogar para aquellas personas que precisan de compañía veinticuatro horas al día debido a su edad, enfermedad etc.
Entre todos los residentes de la Misericordia se encuentra Valentina, una mujer de 86 años que me recibe con los brazos abiertos y una gran sonrisa en la cara. Su rostro refleja años duros y una ceguera bastante imponente.

   Me siento en el borde la cama y ella a mi lado en una cómoda butaca. Comienza a hablar  sobre su infancia que es su tema favorito. Me cuanta como al ser la mayor de doce hermanos le tocó ayudar a su madre en casa ya que los demás eran demasiado pequeños. Cuando el dinero que el padre traía a casa no bastaba, tuvo que ir a trabajar con él a la fábrica de suelas de zapato que había a las afueras de Pamplona. Fue en esta fábrica en la cual perdió ligeramente la vista. Todo ocurrió cuando un día a la tarde comenzó a llover salvajemente. El río se desbordó inundando la fábrica. En el momento de la inundación Valentina se encontraba en la fábrica trabajando con productos químicos muy peligrosos que debido a la subida del agua y a un cortocircuito se derramaron tanto en su rostro como en parte del cuerpo y así produciendo su ceguera. También me cuenta  como a partir de ahí no fue la misma. Dice que gracias al accidente se hizo menos egoísta y comprendía mejor a su madre ayudándola en todo lo que podía. Desde la corta edad de 13 años Valentina cuidó a sus hermanos y cuando su madre murió  diez años después ocupó su lugar en la familia. Ayudó a sus hermanas a buscar un buen marido con una buena dote y a sus hermanos varones a encontrar mujer y un trabajo honrado. Poco a poco todos ellos se hicieron mayores y abandonaron el hogar familiar menos ella, que se quedó con su padre para socorrerlo ya que se encontraba en la misma situación  en la encuentra ella ahora.

   Valentina no se ha casado. La ocupación familiar y ejercer de madre hicieron que encontrar marido fuera una tarea imposible para una mujer tan ocupada como ella. Me cuenta que una vez tuvo novio. Dice que era el hijo del alcalde. Se llamaba Manolo y era alto guapo y con mucho dinero de aquel entonces. Valentina me cuenta que se iban a casar pero ella en el último momento decidió que no por el bien de su familia.

   Ahora con 86 años disfruta de su vida tranquila en la residencia, recibiendo con amabilidad y alegría a todas aquellas personas que vienen a visitarla como sus sobrinos o yo.

  Historias como las de Valentina se repiten en cada una de las habitaciones de la residencia de la Misericordia y las de cualquier otra residencia porque, aunque la edad no perdona, la sabiduría de nuestros mayores es infinita.

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